Los aficionados a los videojuegos habitualmente relacionan este concepto con el ocio y la diversión. Así es, el ocio digital sirve para entretenernos y darnos horas de diversión solos o en compañía, pero también puede ocupar un importante papel dentro de los procesos de concienciación social en relación a temas de importancia general.
Esta función la pilló al vuelo y en muy temprana época (1996) el artista y profesional del mundo audiovisual Valeriano López, quien produjo con la colaboración de Descartes Films un cortometraje de seis minutos de duración que toma como base principal un videojuego centrado en las pruebas que está obligado a superar un habitante del norte de África para llegar a Europa: Estrecho Adventure.
La obra, cuya producción tomó 3 años con la tecnología de la época y un presupuesto más que ajustado, narra el caminar de Abdul, un joven marroquí que aspira a vivir mejor integrándose en la Unión Europea a través del sur de España. Adbul debe recolectar dinero para costear un precario viaje en patera desde Marruecos a las playas de Andalucía, luchar contra las autoridades españolas para conseguir papeles, integrarse en la sociedad y trabajar como jornalero.
Este recorrido se realiza a través de minijuegos inspirados en grandes clásicos del ocio digital. Así, la recolección de dinero es un Pac-Man ubicado en un zoco, la obtención de “papeles” es un combate a lo Street Fighter contra un Guardia Civil, la integración social recorriendo calles andaluzas en un clon de Street of Rage… Sin duda, es un digitalización de los movimientos reales que realizan los inmigrantes.
La importancia de Estrecho Adventure no versa en su acabado gráfico, ni siquiera en su calidad técnica cuidada para la época, sino en su finalidad social. Y es que solo hay que ver el último plano del cortometraje para comprender que en el mundo real, los videojuegos pueden jugar un importante papel a la hora de dar a conocer realidades sociales, pues son un herramienta más en el mundo audiovisual.




















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